Tiwinza: secretos en la frontera

Por Ricardo León

Hace 24 años, en enero de 1995, se desató un corto pero intenso conflicto armado entre Perú y Ecuador. Mucho más largas fueron las negociaciones para un acuerdo de paz, logrado recién en 1998. Entre muchos otros puntos se acordó establecer, en un territorio de un kilómetro cuadrado en el lado peruano de la frontera, en el sector de Tiwinza, un espacio para ceremonias conmemorativas de ambos países. Casi un cuarto de siglo después, lo que hay en este territorio selvático es un testimonio real de lo que ocurrió en el epílogo de esa guerra.

Un museo de la guerra

Las minas antipersonas son quizá las armas más temidas por el daño obsceno que ocasionan: mejor que matar a un soldado enemigo es herirlo gravemente, para que así sus compañeros vean cómo sufre y se estresen y –en argot militar- se les baje la moral. La muerte de ese soldado herido es, incluso, un efecto secundario. Hace 24 años, durante el conflicto armado entre Perú y Ecuador de inicios de 1995, el Comité Internacional de la Cruz Roja emitió un comunicado para alertar sobre el peligro de activar minas antipersonas en la frontera. Ahí se leía: Sin duda es uno de los artefactos más destructivos en los conflictos armados. Son armas que hieren y matan indiscriminadamente, no distinguen entre un combatiente y un niño.

En 1997, más de dos años después del conflicto, se suscribió la Convención de Ottawa, y el Perú es uno de los países firmantes. Esta convención se refiere a la prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonas, y a su destrucción. Ese mismo año, ambos países negociaban un acuerdo de paz que se concretaría recién en 1998.

Uno de los puntos del acuerdo fue que Perú cedería un kilómetro cuadrado de selva en Tiwinza, que está en territorio peruano pero es de propiedad de Ecuador. Este espacio, según el acuerdo, sería utilizado únicamente para fines ceremoniales relacionados al conflicto, el último que ha habido entre dos países latinoamericanos. Pero no se ha podido erigir ningún monumento ni celebrar muchas ceremonias por una razón principal: es un terreno donde ha habido y hay todavía minas antipersonas.

El Comercio recorrió este kilómetro cuadrado ubicado en la frontera y comprobó las difíciles condiciones en las que trabajan los militares de ambos países para ubicar, desenterrar y destruir minas. La geografía agreste y el clima impenitente convierten esta tarea en todo un desafío. Además, aunque la mayoría de campos minados fueron revelados entre ambas partes (ese fue otro de los acuerdos), en el fragor de los últimos momentos de la guerra miles de minas fueron lanzadas por ambos ejércitos, y de estas no hay mayor registro. El fin del conflicto fue desordenado y confuso: nunca se sabrá exactamente qué ocurrió en este pequeño y remoto territorio. Además de minas, hay una historia entera por desenterrar.

El último mártir del Cenepa

Era el 15 junio del 2018, a las 5:30 p.m., una hora en que ya los soldados que buscan minas perdidas en la selva de Tiwinza comienzan a replegarse para descansar. Un equipo de la Compañía de Desminado (que pertenece al Comando Terrestre del Ejército) abría una trocha en un sector donde se construirá un helipuerto, cuando hallaron restos humanos en el suelo. Era el cadáver de un soldado peruano caído en el conflicto de 1995 con Ecuador.

Debido al mal clima –en una selva lluviosa y agreste como aquella, avanzar algunos metros puede resultar una tarea imposible-, no se pudo retirar el cuerpo por varios días. Había esperado 23 años para ser encontrado, y ahora debía esperar a que deje de llover para ser recogido. Según confirmaron fuentes militares, por los restos del uniforme que vestía el soldado se pudo identificar su grado: fue un suboficial del Ejército. Aún se siguen practicando complejos exámenes de laboratorio para dar con la identidad exacta del militar, pero hay serios indicios de que se trataría del suboficial EP Wilson Cisneros Cabos, integrante del Batallón de Comando 19, quien murió el 3 de febrero de 1995 tras quedar herido al pisar una mina. Fue uno de los últimos muertos de la Guerra del Cenepa.

El Comercio logró ubicar a la viuda de Cisneros y a los padres de este. Soledad Saavedra, quien vive en Lima, asegura que el puñal que fue hallado junto a los restos indica que se trataría de su esposo, quien murió cuando ambos tenían un hijo de apenas 3 meses. Alix Cabos Huaccha, de 80 años, madre del suboficial nacido en Chimbote en 1966, dijo: “Siempre me he preguntado dónde estarán sus restos, siempre he vivido triste pensando en él”. En la Guerra del Cenepa murieron más de 70 militares peruanos. Extraoficialmente, aún faltaría recuperar 11 cadáveres que permanecen en la espesura de la selva tupida y montañosa de la frontera.