Foto: Omar Lucas

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Lima, una oportunidad contra el hambre

Más de 330 mil venezolanos han ingresado al Perú a raíz de la crisis humanitaria que hace agonizar a su país. La mayoría de ellos vive en Lima, son jóvenes y están subempleados.

Óscar Paz Campuzano

Un hombre de tez oscura, delgado, que se protege del sol con una gorra, sube a un bus detenido en uno de los paraderos de la avenida Abancay. Se llama José Quiaro y tiene 34 años.

Es un contador público graduado hace 10 años en una universidad de Caracas. Con el salario que obtenía trabajando para el área de contabilidad de una importante firma de su país había comprado un departamento, un auto y podía pagar sin contratiempos el colegio privado de sus dos hijos. 'Podía' es una palabra que de pronto se le hizo frecuente.

“Con mi familia llevábamos una vida cómoda, pero la crisis nos obligó a salir de Venezuela. Es lo que me toca ahora”, le explica José a los pocos pasajeros a bordo del bus. Después de ser rechazado por tres empresas limeñas a las que postuló como contador, José se resignó a cambiar los libros contables por una caja con golosinas.

Todos los días salen desde Venezuela buses cargados con gente que, como la familia de José Quiaro, escapa de la crisis económica y humanitaria. De acuerdo con el último reporte de la consultora norteamericana Gallup, los venezolanos creen vivir en el país más inseguro del planeta. El 83% de ellos teme salir a la calle depués de las 6.30 p.m. Por otro lado, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), la inflación escalará este año a 13.864% y el desempleo golpeará al 33% de la población venezolana.

Con las mayores reservas petroleras del mundo, Venezuela está sumida en una crisis que se traduce en hambre. Hay 8,2 millones de ciudadanos que comen solo una vez al día por la falta de dinero y también por la escasez. Más de la mitad de venezolanos bajó su peso 11 kilos. La crisis se siente hasta en la balanza. “Era un suicidio quedarse”, dice Oziander López, un economista de la Universidad Central de Venezuela a quien la economía de su hogar le resultaba inmanejable. Desde que la crisis se acentuó en el país del norte, más de 330 mil venezolanos han ingresado al Perú. Es la más grande migración de este siglo hacia nuestro país.

Por años desarrolló proyectos para grandes y prósperas industrias venezolanas. También hizo consultorías con el Banco Interamericano de Desarrollo sobre seguridad social, que incluía el diseño de planes de empleo y jubilaciones.

Pero, en los últimos años, su propia seguridad social comenzó a peligrar hasta que decidió establecerse en Lima. “Pasaba más tiempo haciendo inmensas colas tratando de comprar alimentos (ocho horas interdiarias) que trabajando para tener con qué pagar”, cuenta.

El ‘barrio chamo’
Canto Bello, en San Juan de Lurigancho, es un sector que paulatinamente se ha ido poblando de migrantes venezolanos, sobre todo atraídos por la presencia de un albergue. El carisma caribeño se respira en sus calles.

Carmen Ozuna era enfermera en un hospital y vivía en Vargas, un estado venezolano bendecido por colinas verdes que nacen a las orillas del mar del Caribe. Su esposo y su hijo de 12 años y ella dejaron esos parajes turísticos cuando la vida se les volvió invivible.

“Ganaba cuatro dólares al mes. Ese dinero alcanzaba para un kilo de pollo, una harina y un poco de arroz. Es lo que comíamos hasta el siguiente pago”, cuenta Carmen.

Todos los días traslada desde su casa alquilada en San Martín de Porres hasta el Centro de Lima un coche cargado con 50 botellas de limonada y jugo de maracuyá que vende a un sol. Así, en tres horas consigue lo que en Venezuela le tomaría cuatro meses de trabajo, por lo menos.

“Es mejor vender en la calle”, dice una venezolana de 23 años llamada Marlin Ortega, que también vende refrescos en el Centro. “Aquí en las tiendas y en los restaurantes te exigen trabajar más de ocho horas y no te pagan ni el sueldo mínimo”.

En Caracas tenía dos empleos: uno de operadora de telefonía y otro de cajera en una tienda. Trabajar a ese ritmo le obligaba a empezar el día a las 8 de la mañana y terminarlo después de la medianoche. Aun así a Marlin no le alcanzaba para algo tan básico como matar el hambre.

El jirón de la Unión fue uno de los primeros espacios limeños en donde los venezolanos empezaron a vender comida tipica de su país. (Foto: Rolly Reyna)
Fox Tovar es un mago venezolano que labora en parques y buses de transporte público. En su ciudad natal era técnico de cocina. (Créditos: Félix Ingaruca)
Jóvenes venezolanos reunidos en el barrio chamo de San Juan de Lurigancho. (Foto: Jessica Vicente)

Los primeros vendedores de acento caribeño aparecieron en el Jirón de la Unión ofreciendo arepas a fines del 2016. Solo entonces el éxodo empezaba a notarse.

La mayoría de venezolanos en Lima tiene entre 18 y 29 años. Casi todos están subempleados aunque más de la mitad estudió en la universidad o una especialidad técnica.

“Cantando en los buses de Perú gano más que como ingeniero de sistemas en Venezuela”, cuenta Víctor Sequera, un hombre huesudo, moreno, que no ha perdido la vieja costumbre caribeña de usar sombrero hasta en las noches. Él escapó de la isla Margarita, otro paraje de mar azul en crisis. Vive ahora en un barrio de San Juan de Lurigancho y todas las tardes, junto a su sobrino, también ingeniero de sistemas, sube a los buses que atraviesan la Av. Abancay a cantar una salsa a cambio de algunas monedas.

De cada 10 venezolanos en Lima, tres son vendedores en comercios y cuatro encontraron trabajo de cocineros o ayudantes, limpiando, de obreros de construcción, en industrias de manufactura, en el transporte o de ambulantes, según reportes de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Las cifras oficiales, sin embargo, no tienen precisiones en cuanto al número de venezolanas que llegaron en busca del sueño peruano y, más bien, encontraron una pesadilla.

Un dia antes del inicio de la VIII Cumbre de las Américas cientos de venezolanos se reunieron en la Plaza San Martín para protestar contra el régimen de Nicolás Maduro.
Una de las principales razones del éxodo venezolano es la crisis alimentaria que se vive en su país.

La policía peruana descubrió a fines de abril que cuatro venezolanas menores de edad estaban secuestradas en el octavo piso de un edificio en Los Olivos. Ellas solo salían bajo vigilancia a hoteles de Lima para sostener encuentros sexuales forzados con hombres que pagaban S/300 por ellas.

La ONG CHS Alternativo tiene un reporte de 23 venezolanas obligadas al meretricio en Lima y otras 10 regiones del país en los últimos seis meses, casos que se hicieron conocidos porque llegaron a los medios de comunicación. La cifra real es mucho más elevada: de cinco a diez chicas desplazadas establecen contacto cada semana con la ONG Unión Venezolana en Perú para alertar que se encuentran en manos de redes que las fuerzan a prostituirse.

“Hemos venido investigando y detectando que las mafias locales están actuando en complicidad con venezolanos. En muchas ocasiones, las chicas son captadas ya desde Venezuela, les ofrecen trabajar en el Perú, les pagan el pasaje, luego bajo amenaza de atentar contra sus familias en Venezuela las obligan prostituirse para pagar una deuda interminable”, cuenta Óscar Pérez, director de la ONG.

Las recientes operaciones policiales que llevaron a la liberación de venezolanas y la aparición de innumerables anuncios por Internet para ofrecer servicios sexuales de migrantes conduce a pensar que no son casos aislados, sino más bien una violación sistemática a la libertad sexual de un numeroso grupo de mujeres que, por escapar del hambre, cayeron en manos de criminales.

“La prostitución forzada no es la única forma de violencia contra la mujer venezolana. Aquí en el Perú ellas también están siendo acosadas sexualmente por sus jefes y en las calles”, comenta Katerine del Pino, una abogada venezolana de padres peruanos que migró a Lima en el 2011, por la presión que sobre ella ejercía el gobierno chavista al ser una funcionaria del Estado no alineada al régimen.

Ahora, en Lima, todas las semanas recibe a sus compatriotas para asesorarlos en temas migratorios, a montar sus negocios, en la defensa de sus derechos laborales y también recibe a chicas que no saben a dónde ir cuando sus jefes o compañeros de trabajo las acosan. Lima no ha sido para todos –para todas– una escapatoria real a la crisis humanitaria.

Óscar Pérez Director de la ONG Unión Venezolana en Perú
“Agradecemos al noble pueblo peruano, por tantos gestos de solidaridad. Faltarán días de vida para agradecer a plenitud todo lo que han hecho por nosotros”.

Martín Vizcarra Presidente del Perú
“Reafirmamos que en Venezuela se están alterando todos esos principios democráticos. Por eso instamos a sus autoridades para que permitan elecciones, pero elecciones libres, donde puedan participar las fuerzas de oposición”.

Paulina Facchin Activista venezolana refugiada en Lima
“Más de cuatro millones de venezolanos hemos tenido que salir del país, por persecución política, por hambre, por la crisis humanitaria, por la escasez de medicamentos. Elevamos nuestra voz de protesta contra el régimen”.

Antonio Ledezma Ex alcalde de Caracas
“Los venezolanos sufren el calvario de un Estado fallido. Pedimos es una intervención humanitaria porque nuestro pueblo está secuestrado por mafias, por terroristas, por grupos parapoliciales”.

Cientos de venezolanos llegaron hasta la plaza San Martín un día antes de que los presidentes y principales autoridades del continente americano aterrizaran en Lima para la VIII Cumbre de las Américas, a mediados de abril. Se pararon frente de un estrado lleno de diputados y alcaldes de su país. Esa noche, rodeados de policías, cantaron el Himno Nacional de Venezuela dos veces. Varios apretaban los ojos en sus banderas para secarse el dolor de estar lejos, de no poder volver.

Fuera del cordón policial, en una esquina de la plaza, mientras los venezolanos entonaban su cántico nacional, un grupo de peruanos sostenía una banderola con la siguiente inscripción:

Perú para los peruanos

No al ingreso masivo de venezolanos

¡Exigimos control migratorio responsable!

A dos metros de estos hombres, que de rato de en rato vociferaban contra los que les reclamaban por su postura, una vendedora peruana de tallarines al paso comentó que los municipales suelen ser más permisibles con los ambulantes extranjeros. Uno de sus clientes, un hombre que hablaba con los fideos en la boca, se sumó a la crítica diciendo que hay venezolanos que trabajan por salarios muy bajos. “Si no quieres comprarle a un venezolano, solo no le compres. Lo que está mal es que quieran prohibir su ingreso”, dijo una joven que se inmiscuyó. El diálogo ocurrió en la cara de un policía antimotines que cargaba un lanzabombas lacrimógenas a la altura del pecho. El agente miró de frente para dar la impresión de que no era parte de esa conversación. Mientras eso, el himno de Venezuela sonaba de fondo.